Eugenio se hace el distraído, mira para otro lado, (o parece hacerlo), entonces relata o describe, pero internamente pasa algo. Hay un “algo” que lo incomoda, generando la parte más poética de sus juegos, la que finalmente e indefectiblemente hace trasuntar en “alguna” parte de sus poemas, aunque más no sea en una sola palabra.
El poeta muestra una cierta visión de la realidad.
No hablo de las visiones psicodélicas o místicas, sino más bien de esa visión
periférica que es patrimonio de los grandes deportistas, sea Messi o Maradona.
Tal que aplica de algún modo una captación holística o gestáltica del mundo que
se le presenta, como cuando nos describe a una paloma que escapa del acecho de
su gato, para mostrarnos el abismo que apunta directamente hacia el centro de
la tierra. O cuando aplica su minuciosa observación para que veamos al
indigente junto al container de basura, llevándose feliz las que fueran sus
viejas ojotas, sólo para que sepamos que se siente afortunado de poseer a
alguien…
Su truco es describir y relatar cuestiones
cotidianas, auxiliado de ciertos artilugios cinestésicos, que recurren
constantemente a los estímulos visuales y auditivos (“En el silencio hay
un mundo sonoro”, “Del verde al amarillo hacia un rojo que invita al cruce”).
Así, él y el lector se ubican en un entorno familiar, general y consuetudinario
para luego abstraerlo a una síntesis personal, ante esa realidad que se nos
presenta (Escucha ruidos y espera en silencio que lo escuchen; ve en los tajos
de los cuadros de Fontana a sus propias heridas secas -pero abiertas-).
En esta dinámica se convierte en un
observador observado, y se deleita en señalar la conexión de las cosas: algo
tan simple como darnos un paseo por su barrio (“Estoy rodeado de
vecinos”) en el cual nos describe la juventud, la vejez y la niñez en
una secuencia cinematográfica de cuatro o cinco poemas, donde la estrella
resulta ser un globo rojo, centro del mundo, que se escapa y vuela cual paloma (Ceguera
y lucidez = éxtasis).Tomar noción de esta otredad, de la presencia de
otro que “nos ve cuando no nos vemos”. Finalmente lo enfoca en un
tema que venía prefigurando desde la cita que abre el libro: el espejo,
como mecanismo que nos desdobla en otro que no es el mismo; como artefacto
que nos da la libertad de jugar a ser distintos; como reconocimiento y/o
desconocimiento de la propia imagen.
“Tal vez podamos -yo- / tal vez pueda -nosotros-”
“Él / (me) perturba”
“ya
está, le digo, / ya no sos yo”
“¿habré de encontrarme en una foto?”
“tutú / yoyó”
Este pasará a ser el tema de la segunda
mitad del poemario. Hasta aquí había sido la calibración de una mira en busca
de su blanco. Se suceden los poemas que comienzan con un “Él” y
luego con un “Vos” y por supuesto con “El espejo”. Finalmente
se despoja de la visión periférica para apuntar su mira en busca del Yo
verdadero, ese que se escapa impregnado por los brillos del paisaje. Este
obsesivo inquirir echa mano a la sospecha que antes nombramos, ese “algo”
que lo hace dudar de la permanencia (“la inexorable conciencia del tiempo”).
He ahí el por qué cuesta reconocerse en un documento de identidad, en una foto,
en aquello que una cámara nos ha robado, e incluso en el hermano: “me
sumerjo en vos para buscarme”, o en el amor: “Yo en tus besos”.
En busca de una respuesta, se atisba la
posibilidad de ser parte de alguna identidad plural, colectiva, que nos supere
y exceda. Un poemín lo dice claramente: “el espejo / me bandada / me
manada / me jauría”.
Es sabido que este tipo de elucubraciones
respecto a la propia existencia suele llevar a una especie de angustia
existencial, que en más de una ocasión resulta perturbadora, cotejando nuestra
frágil pequeñez contra el marco inabarcable de un universo que nos ignora.
Pienso en Pizarnic, Rimbaud etcétera. La gran mayoría de las personas optan por
no pensar o pensar en boludeces o aceptar recetas prefabricadas y en cierto
modo esperanzadoras, pero teniendo en cuenta que los poetas no son “mayoría”,
no es de extrañar que nuestro poeta eche mano al recurso más cercano y que
mejor conoce: La poesía, la literatura, que tan tristemente y recurrentemente
se vuelve autorreferencial cuando las papas queman.
“Tengo tres poetas escondidos… / niega y se resiste a aceptar que exista”
“Ese gesto voyeur de humear en el libro”
“Cerrás el libro”
“acuñas
los versos”
“los versos dejan entre líneas”
Allí, en un puñado final de versos, se
encara con su papel de poeta, (“vos, mi otro yo”) y en un aparte egoísta -sólo
para entendidos- atrévese a reclamar al mismísimo Quevedo. Más de uno
dirá que en este punto ya perdió al 90% de sus probables lectores, pero en esta
queja “quevediana” veo la clave del final del libro y su por qué. Justamente no
entiende por qué EL GOCE del poema debe ser rematado con una LECCIÓN
MORAL.
Quizás aquí es cuando comprende la
bifurcación de la realidad, esa que venía sospechando con el auxilio de la
imagen de su espejo. Esa bidimensionalidad entre artefacto y naturaleza,
la explícita muy bien en el penúltimo verso:
“Él
dice
que ese yo
que
está implícito
(siempre)
al
comienzo (yo digo/escribo que
Él
dice
que ese yo…)
no
es
de él.”
Lo escrito sobre la vida no es la vida
misma, esa limitación de su herramienta le hace escribir: “Es un poema
sobre la impotencia”.
Luego intenta con una poesía gráfica, en
la cual tras caer dentro del poema y comprender que esa caída no tiene fin,
decide subir. Este ascenso como todos busca la luz de la realidad, y en un
último y apropiadamente extenso poema (cuatro carillas), se encomienda a Whitman,
cual Virgilio del Dante. Quizá el poeta más carnal y vivo de nuestra tradición
poética. Entonces, confiesa ante ese pseudo Dios enamorado, que hasta entonces “no
tenía argumentos, testigo era” a la espera de la muerte, y la potente
sombra de la parca lo hace comparecer con su cuerpo: “¡Mirá!... ¡Olé!... ¡palpá!”.
Se trenza en lucha con la imagen especular del poeta, oscilando entre lo procaz
y lo sublime, entre lo vulgar y lo divino, agua y aceite, escurriendo por el
tamiz de la palabra en un intento -desesperado quizás- de no caer en la
flaqueza de Quevedo. Por supuesto, corriendo hacia la salida de emergencia más
cercana: el amor.
“Desplegá tu puerco amor, cogé
amorosamente
que no h/ay quien no ame” .
Posdata: No hay quien no ame
parece ser el veredicto consolador. Claro que en un poema anterior, viendo el
cuadro de Dalí de los relojes que chorrean, había concluido lapidariamente con
un “No hay nadie”
En
el cuadro… ¿y en la vida?
Fernando
Gabriel Vaschetto, Rosario












